El abrazo ¡Impuro, impuro, impuro...! Eran los gritos que alejaban a la gente, para que no se contaminara con mi lepra , con mis pecados, o los de mis padres, marcados en mi piel. Pero hubo un hombre, un joven maestro, que ignoró mis gritos, y confiado se acercó, y me abrazó como un hermano, y me miró con amor. Y brotó, de lo más hondo de mi corazón, una súplica, como si fuera a mi Dios, -algunos decían, en efecto, que ese joven maestro, llamado Jesús, era un profeta enviado por Dios-. -Si quieres, le dije, puedes curarme... Y él, con decisión, dijo: - Quiero, imponiendo sobre mí sus manos, con los ojos dirigidos al cielo, hacia su Padre. Y luego, mirándome de nuevo, cuando yo ya sentía mi cuerpo renacer, dijo: - ¡Tu fe te ha salvado! Fui entonces a lavarme, y a cumplir los deberes rituales, como Él dijo que hiciera, y volví a mi madre y mis hermanos, a la vida q...
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