En Antioquía Pablo le recordó a la Piedra
que era piedra y no movediza arena,
que no podía cojear con las dos piernas
ni agradar al Señor y a los judaizantes.
Arriesgaba un nuevo exilio en Tarso,
precio a pagar por la paz de las iglesias.
Recordó a Esteban y también al Bautista,
a los cristianos que él mismo persiguiera
y la voz del Señor camino de Damasco.
Siglos después, en la Capilla Paulina,
no muy lejos del lugar de su martirio,
en un fresco la Piedra crucificada
fija los ojos de pescador
en Pablo, el hermano, caído del caballo,
cual hombre viejo que muere,
para que nazca el nuevo, cristificado*.
*Este poema está inspirado en una reflexión de Benedicto XVI sobre los frescos de Miguel Ángel en la Capilla paulina. Aquí les comparto el link a la reflexión y más abajo también la imagen de Pablo, hacia la cual Pedro dirige la mirada crucificado:
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