Una invitación inesperada
Hace unos meses un amigo me invitó a participar en un viaje de misiones en la Amazonía brasileña, junto con un grupo de casi treinta jóvenes, entre americanos y brasileños. El destino era la ciudad de Maués, en concreto varias comunidades urbanas y rurales, pertenecientes a las Parroquias de Nossa Senhora da Assunção y São Pedro, de la Diócesis de Parintins.
Luego de pensarlo algunos días, acepté la invitación de mi amigo, y recién ayer estoy de vuelta en casa, después de quince días en una región de Brasil que desconocía, y que me ha encantado, no solo por su belleza natural, sino sobretodo por la acogida y calor humano de sus habitantes. Tanto en las actividades de formación organizadas en las comunidades, como en las visitas a las casas, en el comparetir con simplicidad nuestra Fe y en los juegos con los niños y jóvenes, he podido sentir en carne propia esa acogida y ese calor.
Este compartir lo escribo en forma de pinceladas, de imágenes, que quizá más adelante podré ir desmenuzando mejor.
Un barco encallado
Para llegar a nuestro destino embarcamos en Manaos, en un viaje en Barco por el Amazonas, que normalmente demora dieciocho horas. Luego de dos horas, un viento fuerte nos empujó hacia una de las costas y el barco acabó encallando. Al final una lancha tuvo que recogernos y llegamos más de un día después de haber zarpado.
Pensé un poco en lo que dice San Pablo, cuando presenta su CV a los Corintios, cuánto tuvo que pasar por el anuncio del Evangelio, naufragios, palizas, incluso ser lapidado. El miedo que sentimos, la inseguridad, son realmente muy poquito, comparado a las penurias que tantos misioneros han pasado y siguen pasando, para llevar la semilla del Evangelio a tierras lejanas e inhóspitas. De cualquier manera, este pequeño "percance" nos hizo partícipes de esas experiencias, aunque sea un poquito.
No estás solo
En una de las visitas a las casas, mientras conversábamos con el dueño de la casa, a uno de nuestro grupo se le ocurrió preguntarle si quería que rezáramos por algo en particular. "Recen por mí", dijo, pues aquí "é só eu e Deus mesmo". Se me ocurrió aprovechar esa expresión para recordarle que, efectivamente, por más que a veces nos sintamos solos, Dios nunca nos abandona, siempre está con nosotros. Estas palabras emocionaron profundamente a este hombre, que casi se puso a llorar. Y entonces se inició un diálogo-oración, en que pudimos compartir nuestra Fe en un Dios que ha querido llamarse "Emanuel" = "Dios con nosotros".
Esperanza, formación y misión
Como parte de un equipo, me dieron la responsabilidad de la formación, es decir, de tener siempre bajo la manga alguna charla, dinámica, preguntas, canciones, juegos, que tuvieran que ver con la Esperanza. Fue así que preparé un material inspirado en la Encíclica "Spe Salvi" de Benedicto XVI y también en la carta de Francisco "Querida Amazonia". "En la cancha", estos materiales exigieron diversas adaptaciones, para responder a diversas situaciones. Una de ellas fue una visita a la "Fazenda de la Esperança" en Maués. Me vi entonces dando una charla sobre la Esperanza a un grupo de hombres que, a mi juicio, y se los dije, podrían darme a mí una clase sobre la Esperanza "en acto". Di la charla con mi camiseta del Fluminense y comenzamos cantando "Tá escrito".
Además de la charla, la música y la dinámica, luego tuvimos Misa juntos, así como un momento de Adoración, almuerzo y tarde de juegos. El "padrino" de la casa nos dijo que solamente la Fe puede unir de esta manera a gente de procedencia tan diversa.
Una joven vocación
Entre las muchas personas que conocí, menciono a un joven, aún en edad escolar, que nos acompañaba en la visita a las casas. Sirve como acólito en las Misas de la Comunidad. Luego que terminamos las visitas me dijo que había iniciado un camino de discernimiento hacia el sacerdocio ministerial. Me encontré con él en otras ocasiones durante el viaje. Al final, le regalé un rosario de piedras azules, y le dije que rezaría por su vida cristiana y por su vocación. También me dijo que rezaría por mí y por todo el grupo, para que se multiplicaran estos viajes misioneros en la Amazonía, que, según él, dinamizan la vida de su comunidad.
Sacerdotes misioneros
He quedado muy edificado por el servicio de los sacerdotes de Maués, y en general de la Amazonía. En el último día de viaje, ya rumbo al aeropuerto de Manaos, conocí al obispo de una diócesis cuyo territorio es el más grande de todo Brasil. Es compuesta de más de treinta etnías, cada una con su idioma y cultura diferente. Y para atender a todas esas comunidades, cuenta con menos de veinte sacerdotes, que constantemente deben viajar en bote.
Es una experiencia común, esta de la falta de sacerdotes, y al mismo tiempo de la gran necesidad de operarios para la mies. Recemos para que el Señor envíe más operarios, dispuestos a servir a las ovejas, que muchas veces se encuentra desorientadas y confusas, como aquella multitud que Jesús vio con compasión, antes de elevar su oración al Padre y elegir a sus primeros apóstoles.
Misión e integración
Una de las últimas actividades que tuvimos fue un encuentro en la Parroquia de la Assunção, con líderes laicos, comprometidos con la Iglesia, sea en el ámbito de la liturgia, de la formación y algunos más directamente en la misión en comunidades distantes. Ellos buscan ser un apoyo para los sacerdotes ordenados, trabajando en sinergia con ellos. Nos compartieron sus preocupaciones, sus fortalezas y también las cosas a mejorar, la dificultad para el trabajo en equipo, para escuchar y aceptar al otro como es. El necesario trabajo sobre uno mismo, como condición para una auténtica integración interpersonal, fruto más del Espíritu que del esfuerzo humano.
Mi mayor tesoro
En una casa, conversando con una señora ya de edad avanzada, madre de una catequista líder de su comunidad, un joven misionario le pregunta cuáles son las mayores bendiciones que ella pensaba haber recibido de Dios. Luego de pensarlo un poco, nos respondió: ser católica. Esta señora nos contaba que todos los sábados, fieles de otras denominaciones religiosas pasaban por su puerta, tratando de alejarlas de la Iglesia, pero ella permanecía firme, en aquella Fe recibida de sus padres, en la Iglesia fundada por Jesús, sobre Pedro.
Comunidad misionera
Al final de cada día, luego de la cena, nos reuníamos los "brasileños" del grupo, para compartir un poco cómo nos estaba yendo: las bendiciones recibidas, las dificultades, las cosas a mejorar, el cansancio... Momento de abrir el corazón, de escuchar y ser escuchado. Una verdadera escuela de comunidad y de servicio a los demás.
Como dije, son solo pinceladas, quizá no muy geniales, pero que buscan dar testimonio del regalo recibido, de la posiblidad de participar, aunque sea un poquito, de la gran misión evangelizadora de la Iglesia.



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