Emaús Por el camino discurríamos la gran derrota y mi desolación y la tuya se alimentaban la una de la otra, circularmente, sin fin. Atrás quedaba Jerusalén y el calor de la comunidad condenada a disolverse, a perecer. Atrás quedaban tantos sueños y las lecciones del más dulce Maestro que ya no existe más. Todo indicaba que era el Mesías: sus milagros, sus palabras y la esperanza que como nadie sabía infundirnos. Tan absortos estábamos en nuestra triste letanía que nos sorprendió la pregunta de un tercer peregrino, unido a nuestro paso con andar firme y sereno: —¿De qué hablabais? Nos desahogamos entonces con quien, paciente en la escucha primero, fue luego duro y tajante en la reprensión. Nos reprochó la esclerosis de nuestro corazón y el olvido de las Escrituras y las profecías que anuncian la pasión y la muerte como una etapa de la misión. Su explicación nos dejó pensativos y cuando al llegar a Emaús parecía seguir de largo, lo invitamos a quedarse con nosotros para cenar y seguir c...
Via Lucis ¿Recuerdas lo que nos dijo aquella tarde antes de que el Vía Crucis comenzara? ¿Recuerdas que nos dijo: «No se turben... pues volveré por ustedes, órfanos no se quedarán»? Después de la cena y de lavarnos los pies, después de que Judas le abrió las puertas al Maligno. Lo recuerdo ahora que el Vía Lucis ha comenzado; que lentamente la Pascua todo lo va cambiando y que este mundo se va llenando de esos espacios en su Corazón glorificado. Anhelo, hermano, esa morada, ese lugar en la Casa del Padre preparado. A veces, en sueños, logro entreverlo y piso a tientas, como un niño, sus umbrales.