Pudor No es jugar con palabras escribir estos versos, aunque el fruto sea solo un pálido bosquejo, de lo que busco y solo a veces encuentro, en el corazón de un mundo que es ancho y ajeno. No es un espejo de mi pobre sentimiento, que poco a poco va disminuyendo, para que brillen las cosas y las personas, y los lazos que entre ellas, dulcemente se forman. Es el poema el lugar misterioso, en el que el yo lentamente disminuye, y se abre al tú, y también al nosotros, a la empresa común de buscar esa cumbre, un blanco sereno, un frescor del alma, el soplo de un espíritu aleteante, que a la verdad nos lleva fiel y constante. Lugar de silencio, de austera paciencia, de palabras que humildes a Dios adoran, aunque solo sus pasos lejanos presientan, aunque sordas sus caricias ya no sientan, y su amor imperfectas, disonantes, canten, completando, sin saberlo, la creadora gesta.
Pedro y Pablo En Antioquía Pablo le recordó a la Piedra que era piedra y no movediza arena, que no podía cojear con las dos piernas ni agradar al Señor y a los judaizantes. Arriesgaba un nuevo exilio en Tarso, precio a pagar por la paz de las iglesias. Recordó a Esteban y también al Bautista, a los cristianos que él mismo persiguiera y la voz del Señor camino de Damasco. Siglos después, en la Capilla Paulina, no muy lejos del lugar de su martirio, en un fresco la Piedra crucificada fija los ojos de pescador en Pablo, el hermano, caído del caballo, cual hombre viejo que muere, para que nazca el nuevo, cristificado*. *Este poema está inspirado en una reflexión de Benedicto XVI sobre los frescos de Miguel Ángel en la Capilla paulina. Aquí les comparto el link a la reflexión y más abajo también la imagen de Pablo, hacia la cual Pedro dirige la mirada crucificado: