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Lavatorio


Lavatorio


Dulce Jesús, ¿Tú me lavas a mí los pies? 

¿A mí, rudo y terco pescador, 

que nada ha entendido de tus modos, 

de la humilde alegría, del camino de la Cruz?


El espíritu está dispuesto pero la carne es débil, 

y aún me comparo a mis hermanos, 

a los que el Padre te dio y me llamas a servir.


Aún compito buscando glorias humanas, 

cosechar trofeos que ofrecerte 

como un gladiador que lucha por su vida 

buscando mostrar su valor.


Pero si esta es la condición para ser tu amigo,

lávame los pies y también la cabeza. 

Si solo los pies son necesarios, que así sea.


Dices que te vas y que no podré seguirte. 

¿Por qué, Señor? 

Yo te seguiría hasta la muerte, 

aunque presiento —más allá del impulso 

y con sincero dolor— 

que esta es solo tu hora y no la mía.


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