El abrazo
¡Impuro, impuro, impuro...!
Eran los gritos que alejaban a la gente,
para que no se contaminara con mi lepra,
con mis pecados, o los de mis padres,
marcados en mi piel.
Pero hubo un hombre, un joven maestro,
que ignoró mis gritos, y confiado se acercó,
y me abrazó como un hermano,
y me miró con amor.
Y brotó, de lo más hondo de mi corazón,
una súplica, como si fuera a mi Dios,
-algunos decían, en efecto, que ese joven maestro,
llamado Jesús, era un profeta enviado por Dios-.
-Si quieres, le dije, puedes curarme...
Y él, con decisión, dijo:
- Quiero,
imponiendo sobre mí sus manos,
con los ojos dirigidos al cielo,
hacia su Padre.
Y luego, mirándome de nuevo,
cuando yo ya sentía mi cuerpo renacer, dijo:
- ¡Tu fe te ha salvado!
Fui entonces a lavarme,
y a cumplir los deberes rituales,
como Él dijo que hiciera,
y volví a mi madre y mis hermanos,
a la vida que, por tanto tiempo,
parecía dejarme
con cada pedazo muerto de mi cuerpo,
hoy regenerado por el abrazo,
las palabras, la mirada,
de aquel joven maestro,
y de todos los que a lo largo de la historia,
continuaron ese gesto:
Francisco, Romano, Damián...
* Fresco "Curación del leproso" se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, de autor anónimo del siglo XII conocido como Maestro de Tahull

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