Emaús
Por el camino discurríamos la gran derrota
y mi desolación y la tuya se alimentaban
la una de la otra, circularmente, sin fin.
Atrás quedaba Jerusalén y el calor de la comunidad
condenada a disolverse, a perecer.
Atrás quedaban tantos sueños y las lecciones
del más dulce Maestro que ya no existe más.
Todo indicaba que era el Mesías:
sus milagros, sus palabras y la esperanza
que como nadie sabía infundirnos.
Tan absortos estábamos en nuestra triste letanía
que nos sorprendió la pregunta de un tercer peregrino,
unido a nuestro paso con andar firme y sereno:
—¿De qué hablabais?
Nos desahogamos entonces con quien,
paciente en la escucha primero,
fue luego duro y tajante en la reprensión.
Nos reprochó la esclerosis de nuestro corazón
y el olvido de las Escrituras y las profecías
que anuncian la pasión y la muerte
como una etapa de la misión.
Su explicación nos dejó pensativos
y cuando al llegar a Emaús parecía seguir de largo,
lo invitamos a quedarse con nosotros
para cenar y seguir conversando.
Pero al bendecir los alimentos
los ojos se nos abrieron
y reconocimos que era el Señor,
nuestro Dulce Maestro,
y su Espíritu el ardor
que calentaba nuestro corazón.
Volvimos prontamente a Jerusalén
para dar a los hermanos la Buena noticia,
sin saber que allá también escucharíamos
testimonios como el nuestro,
de encuentros con Él.

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