Samaritana
Es curioso cómo en nuestro encuentro
lo primero que hiciste fue recordarme mi sed.
¡Dios mío, qué sedienta estaba y no lo sabía!
Mientras llevaba el cántaro vacío
bajo el sol del mediodía,
la búsqueda del agua era una mera rutina
y la soledad, mala consejera
para perderme en mil disquisiciones
sobre asuntos banales que en nada me adelantaban.
Me sorprendió que me hablaras,
a mí que soy samaritana, siendo tú un judío,
y que lo hicieras al lado de un pozo,
como cortejando mi desvencijada alma.
Mi insolencia era solo una máscara
que pronto hiciste que cayera en mil pedazos
al mostrar tus credenciales de profeta.
¿Es tan fácil percibir que estoy perdida,
que ya no sé a quién pertenezco?
¿O en verdad eres quien dices ser, no solo un profeta,
sino el Mesías que mi corazón espera?

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