Una a una fueron soltando las piedras,
los que rabiosos querían lapidarte,
sus corazones son venenosas hiedras,
que a Jesús presionan para condenarte.
Pero Él, probado, resistió una vez más,
invitando a tirar la primera piedra,
a quien libre de pecados estuviera,
y la verdad se impuso al odio tenaz.
Se han ido y ahora puede preguntarte:
¿En dónde están, mujer, tus acusadores?
¿Es que ya ninguno quiere lapidarte?
Ninguno, dijiste, aún plena de dolores.
Yo tampoco, dijo, penas voy a darte,
Sino a un Padre, para que libre lo adores.

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