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Espera



Espera


Espero con ansia el día de la ira

en que Elías subirá el Monte Carmelo

y se burlará de los falsos profetas

que al pueblo engañaban con vanos rituales.


De manos atadas espero ese día

en que la pura oración escondida

podrá rasgar el viento, nítida y ágil,

y encontrar un eco en los corazones.


Con los labios secos

y la lengua pegada al paladar,

espero ese día, agazapado,

haciendo el bien que puedo,

escondido de los violentos.


Hubo un tiempo en que blandí la espada,

en que marché dispuesto a dar mi vida

sin los cálculos mezquinos del veterano,

sin las heridas amargas de la derrota.


Pero hace tiempo guardé la espada

y preferí esta vida a sacrificarla,

los cálculos y el lamerme las heridas.


Pero sé que en mi corazón aún resiste una llama,

una pequeña brasa de esperanza,

un recuerdo del juicio y de las hazañas

de un profeta que expulsa, al fin

y para siempre, la idolatría.

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