¿Por qué?
¿Por qué nos despediste al final del día,
mandándonos a la otra orilla del lago,
cuando la gente coronarte quería,
y nosotros también, con celoso amago?
¿Por qué te marchaste a aquella montaña,
silenciosa y distante en la oscura noche,
y por qué el viento contrario que nos daña,
y nuestro esfuerzo inútil, vano derroche?
En plena noche caminando viniste,
sobre las aguas dóciles a tus pasos...
Como un fantasma, te nos apareciste.
Tu "soy yo, no temáis", hizo pedazos,
la amargura tenaz que en nosotros viste,
y el alma a ti se allega sin más atrasos.
* "Jesús caminando sobre las aguas" (1888) de Iván Aivazovsky

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