Chaypi
Aquí en el desierto has querido quedarte
con tus hijos, en la aridez de espinas y piedras.
Aquí de nuevo tu Fiat se repite
como un arrullo suave y potente
que baña de rocío las montañas rebeldes.
Madre santa, no abandonas a tus hijos,
sobre todo cuando parecen perder el rumbo
en parajes que nunca soñaron transitar.
Los conduces con ternura infinita
y hasta los cactus espinosos por tu amor florecen,
dando en mayo dulces frutos: tunas y sancayos.
Una vez más aquí, también con temblor, he pronunciado
mi titubeante sí que a Dios presentas como Rebeca,
que al pequeño Jacob hizo pasar por el fuerte Esaú,
obteniéndome la gracia de una nueva humanidad
en Cristo, la flor más bella que esta tierra agreste
de tu seno inmaculado hizo el Padre nacer.

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