como diestro alfarero, siento entre mis manos,
la fresca arcilla, mi propio ser, aquí,
formándose, y no en parajes lejanos.
Son instantes en los que el tiempo se para,
y el sol nace con un distinto brillo,
y la brisa tenue besa mis mejillas,
y el alma despierta, se queda en vilo.
Vuelvo, luego, a mi normal transcurrir,
al fiel cinzel, contra las rocas, fiero,
y me olvido pronto del dulce sentir,
de aquella luz, que ya no recuerdo.
Pero algo queda, como un vacío,
que allí está y que nada llena,
ni los manjares, ni el vino añejo,
ninguno de los dones de esta tierra,
nada que mis ojos en el mundo vieran.

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