A veces, la memoria elige rescatar pequeños fragmentos de luz en medio de la neblina. Este poema nace de un recuerdo de infancia: dos hermanos, de apenas cinco y seis años, convertidos en polluelos que intentan no perder el equilibrio en un bus limeño siempre lleno. Es un homenaje a esos gestos espontáneos —una sonrisa, unas pecas, un lugar cedido— que nos salvaron del frío mucho antes de que supiéramos lo que era la gratitud.
Dos hermanas
Como dos polluelos abandonados al frío invierno,
hacíamos el viaje de pie, pues el bus iba siempre lleno,
y nuestra madre, aunque apurada,
llegaba siempre más tarde que el resto.
Nos salvaron de ese impase las dos hermanas,
a quienes nuestra madre pidió que nos cuidaran,
como si fuéramos sus hermanitos más pequeños...
...Y ellas lo hicieron con sus ojos claros,
con sus pecas
y su sonrisa que todo iluminaba.
No es un gran drama el de esos dos polluelos,
es una historia como tantas, que luego se olvidan,
como en los márgenes de la gran historia.
Y sin embargo aún, contra el cruel olvido,
hoy se rebelan en el corazón del poeta,
los ojos claros
y las pecas,
las sonrisas sonoras...
y la cálida luz,
ahuyentando el invierno gris y frío,
de una mañana limeña.

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