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Rebeldía


Rebeldía

Obstinado el asceta sube a la escarpada cima
en la cual reposa el Santuario majestuoso,
uno más en la fila de descalzos penitentes
una mañana soleada y fresca de mayo.

Tiempo atrás fue un sanguinario soldado
y corría atrás de los títulos mundanos,
hasta que un día dejó las armas a un lado
y se retiró a una vida solitaria y austera.

Al llegar al pie de la imagen de la Virgen Santa
y de la vieja Cruz de madera quemada,
nuevamente pronunciará su consagración
—que es rebeldía,
a la brasa adormecida, del pecado tea—,
pero que antes es amor a la Madre Iglesia,
a la Esposa de Cristo, Santa y pecadora.

Son tiempos del Papa Martín I
y del Confesor, Máximo, monje y sabio;
tiempos de Constante, emperador y hereje,
que una falsa imagen del Cristo
violento imponía con cruel prepotencia.

Llegado el momento de su entrega,
esperado y solemne,
ensayado mil veces en su solitaria celda,
aflora en su corazón otra rebeldía,
inquieta y ruidosa:
el temor por su vida y la del pueblo,
por la pureza de la Fe recibida.

Rápidamente, sin embargo, se rehace
y recuerda a los tres en su oración:
a Martín, a Máximo, a Constante;
y la inquieta rebeldía se disipa,
dejando solo aquella otra, original y hermosa,
que sube al Cielo con su "Sí", como oblación e incienso.

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